De los recuerdos que me encuentro quiero quedarme con los que realmente merecen la pena recoger.
Me quedo con la imagen de aquella maestra que me enseñó algo más que matemáticas, con la que me enseñó valores como el respeto al prójimo y al saber estar. Me quedo con el recuerdo de las risas y los juegos a la hora del recreo en el colegio, con los amigos, que aunque sé que están lejos, siguen ofreciéndome su amistad y todavía se preocupan, después de tantos años, de cómo me va la vida.
Me quedo con el recuerdo de aquellas mariposas en el estómago que se sienten cuando alguien, siendo yo adolescente, me dio el primer beso. Lo recuerdo como algo simple, pero todavía lo recuerdo.
Me quedo con los veranos en la playa, aquellos en los que me tostaba al sol sin importarme si me quemaba o no. Con la caricia de la brisa del mar en mi cara mientras escuchaba mi canción favorita del verano.
Me quedo con las charlas que tenía con compañeras de trabajo en las que alguna que otra me aconsejaba diciéndome que en la vida hay que saber tener mano izquierda. Cuanta razón llevabas amiga..! , pero yo en ese momento todavía era joven y tenía que aprender a calmar mi impulsividad.
Me quedo con los nervios que provocaban en mi la mirada de alguien que se cruzó en mi vida y desordenó tanto mis sentimientos que no sabía qué caminó escoger. Me quedo con la duda de no saber qué hubiese pasado, aunque también me quedo con la satisfacción de que el que hoy está a mi lado supo luchar por mí y me demuestra todos los días que me quiere.
Y ahora quiero quedarme con aquellos recuerdos que pesan más, a los que les tengo un sitio especial en mi corazón:
Quiero quedarme con la sorpresa que provocó en mí el embarazo de mi hija, con el momento en que le miré a él a los ojos y me dijo: "Pa lante". Con el momento en que hecha un manojo de nervios y a mil kilómetros de distancia se lo dije a mis padres, con la ilusión que desprendían sus chillidos al saber que iban a ser abuelos.
Y como no, me quedo con el recuerdo más hermoso que puede tener una mujer: la primera vez que vi a mi hija: indefensa, débil, pequeña y desnutrida, pero que supo a través de su instinto buscar el calor de mi pecho. Que cosquilleo..., que sonido más dulce..., que sensación tan extraña..
Me quedo con las personas que en mi día a día me sacan una sonrisa del rostro...eso es una buena terapia dicen.
Me deshago de los malos momentos. No los quiero. Pesan demasiado y no merece la pena cargar con ellos. Eso sí: me quedo con la lección aprendida, esa de que hay momentos en nuestra vida en que nos pegamos batacazos enormes y de que sólo nosotros tenemos que tener la capacidad para levantarnos. Que habrá personas que estarán para ayudarte a que el esfuerzo de levantarte sea menor, o simplemente te ayudarán a curar tus heridas, pero que quién tiene que hacer el esfuerzo es uno mismo. Esa lección que me enseñó a ser consciente de que seguramente que volveré a caerme otra vez en el transcurro del camino pero que cuantas más veces te caigas, más rápido debes aprender a levantarte. Que hay que luchar por lo que uno quiere. Que lo que realmente merece la pena no se consigue fácilmente.
En fin..., un día como hoy, con treinta y tres años que cumplí ayer, echo la vista atrás y se produce en mi una morriña, un sentimiento, quizá un nudo en la garganta. Un día como hoy, echo la vista atrás y se produce en mi esa palabra tan bonita: NOSTALGIA.














